La obra maestra

Somos la obra maestra de Dios. Una obra que siempre está en evolución, en constante formación y transformación.

Una obra que no abandonará nunca hasta completarla:

“Y estoy seguro de que Dios, quien comenzó la buena obra en ustedes, la continuará hasta que quede completamente terminada el día que Cristo Jesús vuelva” (Filipenses 1: 6, NTV).

A mí me encanta hacerme preguntas y esta es una que me hago constantemente: “Yazmín, ¿cuán de acuerdo estás con los planes del Señor para tu vida?”.

Pero me gusta más esta: “Señor, ¿cuál es tu voluntad para mi vida en relación a tu plan redentor?”.

¿Cuál has decidido que será mi participación? ¿Cómo puedo hacer para recibir paz y asumir mi posición con la actitud y de la forma correcta?

Ayúdame a mantener mi corazón, mi vida entera unido al tuyo. Ayúdame a escuchar lo que hay en tu corazón y que me importe lo que a ti te importa.

La respuesta parece sencilla porque por supuesto que todos quisiéramos que se cumpliera su voluntad en nuestras vidas. Pero por un lado, está su voluntad; por el otro, cuál creemos que es su voluntad para nosotros y cuánto colaboro.

Colaborar nos hace pensar en acción, en tareas, actividades que debemos llevar a cabo.

Sin embargo, colaborar, ponernos de acuerdo con Él, también es esperar, estarnos quietos. Y esa es una acción, claro que sí. Creo que hasta más difícil, precisamente porque asociamos colaborar y servirle al Señor para que se cumpla su voluntad con acciones. No con esperar y estarnos quietos.

Mira, yo lo comparo con el silencio. Es fácil escuchar sonidos agradables y desagradables. Sin embargo, a mí me gusta escuchar el silencio.

¿Escuchar el silencio? Pues sí, si hacemos silencio, podremos escuchar el silencio y este es música a mis oídos.

¿Y por qué esto es importante?

Porque, aunque sabemos que Dios nos ha hecho partícipes de su plan redentor, lo cierto es que en muchas ocasiones, estamos tan concentrados en nuestras propias vidas y asuntos que perdemos la justa perspectiva de lo que ocurre a nuestro alrededor.

Y más que a nuestro alrededor, se trata de ese querer conversar con el Señor para recibir paz, pero también, para obtener la justa perspectiva de lo que sucede a nuestro alrededor desde su mente, de su corazón, de su lente.

Jamás entenderemos la mente de Dios, pero nos ayuda a colocar nuestra vida y a visualizarla, a asumirla de otra manera.

Nos permite ir deshaciéndose de todo lo que no es indispensable, pero que hemos dejado que ocupe un espacio importante en nuestra mente, alma y espíritu.

Lo que quiere decir que parte de colaborar con los planes del Señor para nuestra vida es vaciarnos, despojarnos de todo peso y deshacernos de lo que no es tan necesario como para que le demos tanta atención.

Que Él quite y nos dejemos quitar es parte de su obra creadora en nosotros porque cuanto quita, limpia, pule, lija, suaviza, brilla y pone lo que proviene de su misma esencia para ir formándonos y que nos parezcamos cada vez más a Él.

Dios está creando todo el tiempo en nuestras vidas, nos está forjando, nos tiene las manos puestas encima como todo un alfarero, aunque en ocasiones sintamos que nos tiene entre un yunque y un martillo.

Tomado de: Escritores de Dios, Artesanos del amor, de Yazmín Díaz

Publicado por Yazmín Díaz

Editora, Autora Independiente

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