Un requisito para el escritor profético

En muchas ocasiones, me he angustiado y hasta desesperado cuando me parece que las personas no escuchan la voz de Dios. Cuando sé que sé que tal mensaje es –primero que todo– para mí, para cierta persona o para cierto grupo en específico; pero somos duros de cerviz y no queremos escuchar por distintas razones. Lo sé porque puedo recordar que, por años, oía a mis hermanas y a mi mamá hablar apasionadamente del Señor, contar las grandezas que estaba haciendo en sus vidas y en la de otros, iban a la iglesia, servían…

Sin embargo, no las escuchaba, a mí ni me interesaba el tema; así que no era mucho lo que teníamos en común. Es más, me molestaba cuando las escuchaba. Mis oídos estaban completamente cerrados y mi corazón endurecido a pesar de que creía en Dios, hasta que un día, como Saulo de Tarso, me choqué con el Señor. Me espanto de solo imaginar qué sería de mí si el Señor no hubiese abierto mis oídos y mis ojos, si no hubiese tocado mi corazón, si no me hubiese buscado y llamado: «¡Yazmín, estoy aquí, estoy aquí!».

Años después, cuando ya le servía, me dieron la oportunidad de ofrecer una reflexión en la iglesia donde me congregaba. Como siempre, le pedía que me dejara saber lo que había en su corazón para las personas que íbamos a recibir su mensaje. Recuerdo que me encontraba de rodillas en mi cuarto, en el mismo lugar donde solía orar, pidiéndole que me hablara. De repente, «escuché» claramente cuando dijo: «¡Conviértanse! ¡Yo ratifico mi pacto!».
¡Por poco me muero del susto! Además, sentía que no estaba preparada para dar ese mensaje. Estaba muy asustada, sin contar que el mensaje no era muy simpático a pesar de que era un llamado de amor y de misericordia del Señor.

Lo más increíble es que el mensaje era para el cuerpo de Cristo. Era para quienes se suponía estábamos ya convertidos. Quedé como estremecida por un golpe muy fuerte. Mientras me preparaba, tenía constantemente que levantarme de la mesa de trabajo, ir al cuarto a arrodillarme, orar, llorar, pedir perdón, suplicar, pedir que me diera fortaleza y, por supuesto, mucha sabiduría. Todavía lo guardo y me estremezco. Sin embargo, este es un mensaje que Dios ha venido dando desde el Antiguo Testamento, el Nuevo y continúa dando a través de sus hijos. Por otro lado, el importante no es el vocero de Dios; lo importante es el mensaje y quien lo envía, que es el mismo Dios.

A veces, es orgullo; otras veces, terquedad, rebeldía, desobediencia… No importa cuáles sean las razones, lo cierto es que cuando no escuchamos a Dios, cuando no seguimos su consejo, sus advertencias, su corrección, su llamado amoroso, estamos en graves problemas. Ahí están las Sagradas Escrituras para comprobarlo. Siempre me ha llamado la atención unos versos bíblicos que se encuentran en el libro de Isaías 65: 1-5 y quiero compartirlos contigo en diversas versiones de la Biblia.

Reina Valera 1960

«Fui buscado por los que no preguntaban por mí; fui hallado por los que no me buscaban. Dije a gente que no invocaba mi nombre: Heme aquí, heme aquí. 2 Extendí mis manos todo el día a pueblo rebelde, el cual anda por camino no bueno, en pos de sus pensamientos; 3 pueblo que en mi rostro me provoca de continuo a ira, sacrificando en huertos, y quemando incienso sobre ladrillos; 4 que se quedan en los sepulcros, y en lugares escondidos pasan la noche; que comen carne de cerdo, y en sus ollas hay caldo de cosas inmundas; 5 que dicen: Estate en tu lugar, no te acerques a mí, porque soy más santo que tú; éstos son humo en mi furor, fuego que arde todo el día».

Ahora, en la versión Nueva Traducción Viviente:

«Estaba listo para responder, pero nadie me pedía ayuda; estaba listo para dejarme encontrar, pero nadie me buscaba. “¡Aquí estoy, aquí estoy!”, dije a una nación que no invocaba mi nombre. 2 Todo el día abrí mis brazos a un pueblo rebelde. Pero ellos siguen sus malos caminos y sus planes torcidos. 3 Todo el día me insultan en mi propia cara al rendir culto a ídolos en sus huertos sagrados y al quemar incienso en altares paganos. 4 De noche andan entre las tumbas para rendir culto a los muertos. Comen carne de cerdo y hacen guisos con otros alimentos prohibidos. 5 Sin embargo, se dicen unos a otros: “¡No te acerques demasiado, porque me contaminarás! ¡Yo soy más santo que tú!”. Ese pueblo es un hedor para mi nariz; un olor irritante que nunca desaparece».

Finalmente, Traducción en Lenguaje Actual:

«Yo he salido al encuentro de gente que no me buscaba; a un pueblo que no me había llamado, yo le dije: “Aquí estoy”. 2 Siempre he estado dispuesto a recibir a ese pueblo rebelde, que va por malos caminos y sigue sus propios caprichos. 3 Ese pueblo siempre me ofende: ofrece sacrificios a los ídolos y quema incienso sobre unos ladrillos. 4 Este pueblo se sienta en los sepulcros y pasa la noche en las cuevas para rendirles culto a sus muertos; hasta come carne de cerdo y llena sus ollas con el caldo que ha ofrecido a los ídolos. Este pueblo anda diciendo: “No se metan con nosotros; somos un pueblo elegido por Dios”».

Inspirándome en esos versos, escribí lo siguiente hace ya un par de años:

¡Aquí está la grandeza de Dios! Casi todos nosotros los que lo amamos, confesamos y adoramos, fuimos beneficiarios de esta verdad. No andábamos buscándolo, pero lo encontramos. En realidad, quien nos buscó y nos encontró fue Él.
Él es un Dios que busca y no se cansará de buscar y de encontrar a quienes nunca se les ocurriría buscarlo. Muchos ni siquiera preguntábamos por Él. Muchos escuchábamos acerca de Dios, pero las palabras no nos iluminaban el alma ni nos conmovían ni nos convencían ni nos convertían.
No nos interesaban. No las entendíamos. No nos transformaban. ¡Éramos sordos y ciegos espirituales! Pero Él nos buscó y nos encontró para que nosotros pudiéramos encontrarlo. ¡Aleluya!
Hoy sigue gritándoles a las naciones: «¡Heme aquí! ¡Heme aquí!» Es decir: «¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí!».

¿Quién podrá escaparse de Quien todo lo ve, de Quien se deja hallar hasta por aquellos que ni preguntan por Él ni lo buscan?

Te he hecho toooda esta historia y es ahora cuando llego al punto de este capítulo…

Como embajadores-escritores de Dios, nos encontraremos con ese tipo de actitudes cuando compartamos el mensaje que Dios nos ha instruido anunciar, incluso, a los creyentes, a los convertidos. Te tiene que haber sucedido ya. Uno quisiera convencer a las personas, hacer todo lo que está en nuestras manos porque comprendemos la importancia y la seriedad del asunto, el poder y la autoridad de quien realmente lo envía. Es posible que suframos oposición y persecusión a causa del mensaje y, para eso, no tiene que ser de corrección. Muy bien pudiera anunciar el amor, la misericordia y la bondad de Dios, pero ¿crees que al infierno le agradará?

¿Por qué el rey quemó el rollo en el que se encontraban las profecías que Dios le había dado a Jeremías? (Jeremías 36). A pesar de ser un mensaje en el que Dios mostraba una vez más su misericordia al dar la oportunidad de que el rey y el pueblo sobre el cual reinaba se arrepintieran; también se trataba de una advertencia muy seria, pues Dios estaba a punto de ejecutar su juicio.
Sin embargo, el rey no quiso escuchar e hizo trozos el rollo y lo echó al fuego. Tal era la insistencia de Dios que ordenó al profeta escribir nuevamente el mensaje anterior, pero ahora, le añadió unas cuantas cosas más. Aun así, el rey no reaccionó, sino que ordenó a sus hombres que buscaran a Jeremías y a Baruc para encarcelarlos. Solo que, en esta ocasión, ya Dios había dictaminado el juicio contra el rey.

Por eso, no puedo olvidar la instrucción que Dios le dio al profeta Ezequiel que podemos encontrar en el capítulo 2: 1-10:

Levántate, hijo de hombre —dijo la voz—, quiero hablarte». 2 El Espíritu entró en mí mientras me hablaba y me puso de pie. Entonces escuché atentamente sus palabras. 3 «Hijo de hombre —me dijo—, te envío a la nación de Israel, un pueblo desobediente que se ha rebelado contra mí. Ellos y sus antepasados se han puesto en mi contra hasta el día de hoy. 4 Son un pueblo terco y duro de corazón. Ahora te envío a decirles: “¡Esto dice el SEÑOR Soberano!”. 5 Ya sea que te escuchen o se nieguen a escuchar —pues recuerda que son rebeldes—, al menos sabrán que han tenido un profeta entre ellos.
6 Hijo de hombre, no tengas miedo ni de ellos ni de sus palabras. No temas, aunque sus amenazas te rodeen como ortigas, zarzas y escorpiones venenosos. No te desanimes por sus ceños fruncidos, por muy rebeldes que ellos sean. 7 Debes darles mis mensajes, te escuchen o no. Sin embargo, no te escucharán, ¡porque son totalmente rebeldes! 8 Hijo de hombre, presta atención a lo que te digo. No seas rebelde como ellos. Abre la boca y come lo que te doy».

Esa es también la instrucción para ti, Escritor, Escritora del Señor. Acepta el llamado a escribir para y con el Señor. Escribe el mensaje exactamente como te lo dio sin importar si fue a través de un sueño, de una visión, de una palabra profética, si es producto de tus experiencias, de tus estudios, preparación, oficio o profesión. ¡Eso no importa! Solo presta atención a lo que te dice. ¡Debes dar el mensaje!

No tiene que darse como en el caso de Ezequiel. Exigirle a Dios cómo debe hablarnos es absurdo. ¿Te imaginas?

Obedece. ¡No seas rebelde, escritor, escritora del Señor! Esa fue la advertencia que Dios le hizo a Ezequiel en el verso ocho. Come de su Palabra y come del mensaje que te confiará o ya te ha confiado. ¿Te das cuenta?

Es posible que recibas rechazo, críticas, juicio, incluso, de los más cercanos; sin embargo, el llamado de Dios es: escribe independientemente de cuál sea la respuesta. El Señor nos insta a no temerles ni a ellos ni a sus palabras ni a sus amenazas ni a la cara que pongan ni a su rebeldía. Él ha hecho tu frente de pedernal, es decir, Él te ha preparado, te ha dado fortaleza y te seguirá capacitando para la tarea que te ha encomendado: «He aquí yo he hecho tu rostro fuerte contra los rostros de ellos, y tu frente fuerte contra sus frentes. 9 Como diamante, más fuerte que pedernal he hecho tu frente; no los temas, ni tengas miedo delante de ellos, porque son casa rebelde» (Ezequiel 3: 8-9).

Sin embargo, amado escritor, amada escritora del Señor, hay algo más: es necesario que Sus palabras entren en lo profundo de nuestro corazón para sentir como Él siente respecto a ese asunto y a esas personas. Es necesario arraigar esta encomienda a nuestro corazón.

De esa manera, podremos obedecer Sus instrucciones, podremos recibir fortaleza, sabiduría y el carácter para llevarla a cabo a la manera de Jesús. De esa manera, no profanaremos algo tan sagrado como lo es llevar a cabo lo que nos ha confiado. No queremos ofrecer fuego extraño como los hijos del sacerdote Aaron. No queremos cargar el arca del pacto incorrectamente.

¿Cómo podría penetrar el mensaje que Dios nos ha confiado en el corazón de los demás si primero no lo ha hecho en el nuestro?

«Hijo de hombre, que todas mis palabras penetren primero en lo profundo de tu corazón. Escúchalas atentamente para tu propio bien. 11 Después, ve a tus compatriotas desterrados y diles: “¡Esto dice el SEÑOR Soberano!”. Hazlo, te escuchen o no» (Ezequiel 3: 10).

Photo by Wallace Chuck on Pexels.com

Publicado por Yazmín Díaz

Editora, Autora Independiente

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