¿A quién voy a adorar?

Escritora Invitada

¿A quién voy a adorar? Me he hecho esta pregunta muchas veces porque han sido muchas las veces que he quitado a Dios del trono de mi corazón y he puesto metas, he puesto a algún amigo, familiar, pastor y muchas, muchas otras cosas más. 

Moría de dolor y ansiedad cuando el Señor revelaba a mi vida lo que había hecho, hasta que entendí que mientras estuviera viviendo dentro de mi condición humana habría la posibilidad de que así lo volviera a hacer…

Lo que sí es que en la medida que me rindiera y me sometiera a Él, esto debía ir disminuyendo y, cuando volviera a suceder, el dolor que provoca pecar en contra de Dios desaparecería al reconocer mi pecado y pedir perdón.

¡Una cristiana nacida en el evangelio con esto!  ¡Con tantos años dentro de la iglesia!  ¡Qué diría la gente! 

¿Sabes por qué pensaba así?  Porque la espiritualidad se ha categorizado y yo quería estar en el «range» de arriba, no en el de aprendiz.  Porque para mí esto era para los que se convirtieron ayer, no para mí. 

Hacer algo como esto era una tortura porque me bajaba de la escala, me bajaba de categoría. Como nadie  vivía esto a mi alrededor, sino que se persistía en una carrera que no era hacia Cristo, sino a ver quién era mejor, entonces, comencé a falsificar mi vida cristiana. 

En lugar de aceptar mi vulnerabilidad, mi debilidad y ponerla a los pies de Cristo cada día, comencé a competir por el «premio» que realmente no era Él.

¿Y por qué no podía reconocerlo?  Fácil… Porque esto se originó en el principio de todas las cosas y tiene la gran astucia de ser parte de nuestra vida y relaciones.  Creemos que es normal porque se nos adhiere a nuestra forma de hablar, a nuestra forma de actuar, a cómo y por lo que luchamos, y hasta se muestra en la forma en la que nos relacionamos.

Recuerdo un día de culto como otro cualquiera en el que fui al altar de la que era mi iglesia en ese momento.  Cuando me arrodillé, comencé a clamar por algunas peticiones que tenía delante del Señor y, de pronto, escuché en mis adentros la voz del Señor que me dijo firmemente: «No lo hagas». 

Yo detuve la oración de inmediato y le pregunté: «¿Que no haga qué, Señor? No entiendo».  El respondió: «No te inclines ante eso». Ya asustada le pregunté: «¿Qué es eso?». Nuevamente, me habló: «Ante dogmas, doctrinas y hombres.  Cuando una persona viene a mí y yo la recibo, la voy transformando hasta hacerla una obra perfecta en algún aspecto de su vida y, cuando termino mi obra, no es a esa persona a quien se debe adorar.  Se adora al Autor de la obra».

Yo no entendí todo lo que quiso decir de inmediato, era un proceso que comenzaba en mi vida.  Con el pasar del tiempo, he comprendido mejor aquellas palabras.  Puedo adorar a mis seres queridos a tal grado de no ser justa y balanceada con otros o amar tanto que lo coloco en el trono de mi corazón entrando en desobediencias constantes, y más cuando Dios me está pidiendo que haga cosas que pospongo por ese ser querido, amigo o hasta hermano en Cristo. 

Entro en idolatría cuando pongo sistemas, programas, ideas, planes, etc., etc., por encima de Su voz en mi vida.  Entro en idolatría cuando valoro o categorizo a las personas en mi corazón y las selecciono como superiores a otras.  Entro en idolatría cuando pierdo salud física y mental, paz, familia por tener, tener y tener. 

Entro en idolatría cuando las palabras de otros son más importantes para mí que lo que me dice Dios, incluyendo a un pastor o líder religioso. No estoy diciendo que ellos no son instrumentos valiosísimos de Dios a los que se deben respetar y honrar, pero ellos también se cansan, también se equivocan, también pueden errar. 

Entro en idolatría cuando lucho por alcanzar cosas que Dios no me pidió que alcanzara, ni siquiera a favor del ministerio al cual Él me llamó.  Entro en idolatría cuando dejamos de ver a Dios como el dador de estrategias y voy tras las que me parecen buenas y aceptables. 

Entro en idolatría si me canso de esperar que Dios me conteste y voy tras lo que creo que es mejor para mí.  Entro en idolatría cuando voy detrás de «mi felicidad» en vez de regocijarme en Él y así esperar Su promesa.

Por esta razón no me daba cuenta, porque es muy fácil hacer como Eva en el jardín del Edén, «alcanzar SIN Dios».  Eso lo hacemos todos los días. 

 
Dios debe ser honrado por encima de estudios, conocimiento, títulos, sueños, anhelos, y hasta por encima de nuestras peticiones.

Es mi oración constante que cada día Él y solo Él posea el Centro, el primado y el Trono de mi corazón por encima de todo.

OREMOS:

Señor, amoroso y bueno, ¡cuán grande es tu paciencia! Sí… tu amorosa paciencia.  Gracias por enseñarme, gracias por guiarme. 

Gracias porque tus palabras me transforman, enderezan mis pies torcidos e iluminan mi caminar.

Gracias por la oportunidad que me das de reconocerte y honrarte. 

Por favor, perdóname y ayúdame a agradarte y a adorarte solo a Ti. 

Revélate a mi vida como mi Creador, mi Señor y mi Dios.En el nombre de Jesús, Amén.

Publicado por Yazmín Díaz

Editora, Autora Independiente

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